Esos encuentros que,
apenas al pisar el terreno ya saben a despedida,
te hacen ver la fina línea entre la obsesión
y la pasión exacerbada.
Tal vez de todo lo que te he dado,
con lo que me quede al final sea sólo el cascajo,
el remanente incluso de todo lo que no pasamos.
Con suerte,
alcanzo a decirte que tu ausencia es la musa
que se acurruca en mi almohada
para recitarme los versos que
tejen un par de noches en mi memoria desvalida.
Con suerte
mi regazo no se transforma en un desfiguro
que resguarda tu silueta en un vaivén acompasado
por el frío matinal
colándose por tu ventana a media luz,
ese frío que mantiene intactas tus manos
sobre las constantes despedidas.
Con suerte
no paso por alto tus pupilas hondas
diciéndome que detener el tiempo
entre las manos
no será freno para lo mal que irán las cosas
si sigo con el dedo en el renglón.
Con suerte, no me encuentro a mí misma desesperada,
hecha añicos por mi necedad.
¿De qué se trata?
¿A qué clase de juego creen que juega uno
cuando un decreto
es fiel amigo del autoengaño?
—¿Qué dice el espejo?
—Sigue recitando:
"eres un ayer, cuyas pisadas firmes,
se tornan en malabares sin gracia".
T a l v e z u n d í a d e e s t o s , p o r f i n m e l o c r e a .
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